Intercanvi de parelles
Comentari a càrrec de Dani Cendra

Los cuatro andábamos la noche. Federico el Mariquita, adornado con un jazmín sinvergüenza, el gaucho Martín, con sus penas sin tregua, y naturalmente, la Reina Rumana, y su alegría descalza. También yo. La cita era en un bar del barrio de Gracia. Aquellos dos clowns, a medio camino entre haber escapado de un film de terror y de un triste circo de provincias, habían gritado: ¡INTERCAMBIO DE PAREJAS! TRAIGAN DOS LIBROS y aunque con más curiosidad por ver de que iba la historia que esperanza de acabar la noche retozando lujuriosamente con una/un (o incluso dos) universitarios/as, a la par que hablando de literatura o fonética, allí estábamos.
El bar era cómo cualquier bar. Una barra, uno o dos camareros, gente bebiendo cerveza en pequeños grupos. -Un gin-tonic de Bombay, señorita - Seguro que era en este bar? - No sé, he tirado el papel - Gracias, cuánto le debo? - REGLAS, HAY UNAS REGLAS- Allí! Allí estaba. Era uno de los clowns. Vociferaba que había unas reglas y un papel para cada uno. Ah!, y un lápiz. Teníamos un tiempo. Y esta era la cuestión.
El bar se convirtió en un gran mercadillo (o cómo toca en estas horas nacionalistas, un bon mercat de Calaf). Había que vender la mercancía. Había que comprar la mercancía. Conseguir que la gente se interesara en nuestros libros y los apuntara en su lista. Y apuntar en nuestra lista los nombres ajenos. Manos a la obra. La gente se miraba tímidamente, empezamos a hablar con los conocidos, luego los amigos de los conocidos, luego con cualquiera. Ya no había desconocidos, sólo gente con listas y lápices, libros y nombres. El Mariquita estaba en su salsa, rodeado de gente, cantando, riendo y copleando Estaba en todas las listas. El hormiguero funcionaba a la perfección.
La lista tenía bastantes nombres. Tiempo para una pausa y saborear otro gin-tonic Me acerqué a la barra y allí estaba el gaucho. Sólo en la barra. Estaba en ninguna lista. Nadie. Amargura en su mirada. Sus palabras de siempre: Respetar tan sólo a Dios, de Dios abajo, a ninguno. Venga Martín esto es un acto social, hay que mezclarse con el resto de la gente, participar en este jolgorio lúdico –incluso intentar ligar- olvidarse por un momento de la rutina diaria y sumergirse en este modesto pero efectivo truco de magia.
El bar se había convertido en un inmenso circo de tres pistas. Un domador de taxis con su familia, el trapecista de pelo blanco que volaba a ras de pista, la Reina Rumana alegre, una pareja sobre zancos venida de Soria(¿?), ambos de negro, los lápices, las listas, los clowns arriba y abajo… la gente lo pasaba bien.Y uno de los clowns apuntó al gaucho en su lista, y luego un joven vestido con un chándal adidas tipo atleta húngaro de las olimpiadas del 72. Hasta Martín parecía integrarse. Y así pasaba la noche. Luego otro gin-tonic y el payaso gritando
TIEMPO! TIEMPO! Segunda fase: buscar los libros de los otros apuntados en la lista propia y cambiarlos por los nuestros. Los libros pasaban de mano en mano y a otra mano. Borrachera de libros y de gin-tonics y de esta clase de amigos que duran una noche pero viven en un recuerdo, un tanto nebuloso pero agradable y duradero, del estilo: te acuerdas de aquella noche…
Seguramente era ya de madrugada cuando abandonábamos el bar. De lejos oí al Mariquita cantando por las azoteas con sus nuevos amigos. Del gaucho no supe más. La Reina Rumana venía conmigo. También este tipo, bastante pesado, que desde entonces no ha dejado de decir cosas tan estúpidas cómo que el melón lo será usted o que era tan tímido que se ruborizaba cada vez que salía desnudo a la calle,
Yo viví en esta noche.


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