Glon Complex (LEM 2001)
Comentari a càrrec de M Glon

Mis recuerdos de aquel evento
No recuerdo exactamente el fatídico día en el que se me ocurrió pedir ayuda a Eurekia. Corría el año 2000. Las convulsiones milenaristas de fin de siglo y los contactos que en la ciudad de Barcelona había establecido en los últimos tiempos me llevaron a presentar un proyecto de "evento" al festival LEM de Gràcia. El día se acercaba y el problema escénico se hacía patente. Siempre he sido un cagado y me asusta sobremanera la actuación ante un público que no conozco de menos de tres exposiciones. Fue en ese preciso instante (repito, no recuerdo el día ni la hora) en el que me topé con el germen de lo que hoy es Eurekia. Ya conocía al señor Noarde (Mr. Doesn`t burn para los amigos) de mis años locos de universidad. En aquellos tiempos en los que con él había compartido largas mañanas en la cafetería, profundas jarras de cerveza, extensas conversaciones sobre la aplicabilidad del canibalismo entre los dowayo del Camerún francés (más cercanos, quizá, al vegetarianismo) y alocadas sesiones musicales entre casiotones, ecos e instrumentos étnicos aunque patrios. El señor incombustible (otro mote cariñoso) era, es y seguirá siendo un personaje que rozó, roza y seguramente tocará de lleno un surrealismo romántico de los más recalcitrante.
Según mis informantes, parece ser que el Sr. Noarde, poniendo en práctica sus dotes de persuasión, convenció al Sr. Bofill para preparar una experiencia traumática y bella al mismo tiempo, con motivo del evento que yo le había mencionado.
Pasaron los días y ambos personajes me fueron dejando entrever a qué maldades me someterían. Cual riego de goteo, mi nerviosismo fue in crescendo hasta el mismo día del concierto, en el que mi desconcierto fue supino al enterarme de las vejaciones de las que sería objeto.
Según me relataron más adelante (porque mi consciencia no trabajó mucho aquella noche, llámenlo espíritu de supervivencia, llámenlo instinto) mi cuerpo fue tendido sobre una camilla clínica en el altillo del Café del Sol, protegido por una leve sábana que se quedó pegada a mi sudorosa tez. Abajo, congregados un alto número de amigos y conocidos, cada cual con ideas más extravagantes sobre lo que habría de suceder. Acto seguido, mi dedo pulsó el play y sonó la primera canción cual leve introducción al espectáculo dantesco que iba a comenzar.
De la nada surgieron dos bellas fisioterapeutas cuyo nombre ya no permanece en mi memoria (por obvios motivos de bloqueo traumático). Levantaron la sábana sudada y descubrieron un cuerpo tembloroso ataviado únicamente con unos calzoncillos nuevos (comprados para la ocasión). Al ritmo frenético de la música imprimieron sobre mi cuerpo una serie de movimientos que oscilaban entre fisioterapia y coreografía y que, lejos de relajarme, como harían en una situación "normal," incrementaron un flujo de sudores que únicamente se vio paliado por la entrada en funcionamiento del aire acondicionado del lugar.
Una vez rematada la primera parte, el ilustre percusionista Pep Figueras, después de fumarse un canuto tan largo como mi pene (esto es, bastante grande), homenajeando a toda una saga de inquisidores expertos en tortura medieval, comenzó a percutir sobre el ya no tan sudoroso cuerpo del que mi mente hacía tiempo se había desprendido. Los elementos de percusión pasaban por castañuelas de juguete, matasuegras, bolsas, baquetas profesionales, martillos neumáticos y un sinfín de herramientas proporcionadas por los verdaderos malhechores e ideólogos del espectáculo.
Y esa fue toda la tortura. Por lo menos la que infligieron a mi maltratado ego.
Y cómo son las cosas, a veces ocurre que lo que a uno le resulta incómodo, oloroso e incluso perturbador, a otros les proporciona un placer inmenso. Después de la percusión metafórica de mis canciones sobre mi cuerpo, se ofreció la posibilidad de que las gentes del público que estuviesen dispuestas se acercasen al escenario a sufrir los mismos tormentos que había sufrido el "artista." Y se repartían hostias para subir.
Recuerdo gratamente que el primero fue un francés de pueblo recién llegado a Barcelona. Inmediatamente, se nos ocurrió que era la mejor imagen que podía tener de la ciudad un recién llegado. También recuerdo al Señor Noarde y al Señor Bofill percutiendo sobre la espalda y pies de una señorita de inmejorable presencia cual maestros de ceremonias de un acto sadomasoquista.
Y esas fueron mis impresiones de aquel evento que llevó por título "Glon Complex"." Espero que el futuro me depare buenaventura. Tanta como para que la necesidad no me obligue a tener que recurrir de nuevo a semejantes actos de vandalismo autoinflingido.
Eso es todo
Barcelona, 4 de julio de 2006
Seguir llegint...

